Las políticas culturales y sus repercuciones en la imagen de la ciudad

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En las últimas décadas, de forma progresiva, las actuaciones dirigidas a crear o potenciar la imagen de ciertas ciudades han ido en aumento, no sólo en cantidad, sino también en complejidad. Los antiguos métodos basados en la simple difusión publicitaria de una serie de atractivos han dado paso a actuaciones mucho más ambiciosas, que movilizan recursos procedentes de áreas extremadamente amplias. Dentro de este contexto, varios agentes públicos han apostado por el sector cultural como factor de promoción de la imagen de la ciudad. En esta decisión ha influenciado una supuesta capacidad de las políticas culturales para contribuir a la consecución de los objetivos y agendas de otras políticas públicas como educación, salud, medio ambiente, seguridad o urbanismo. En este contexto, son varios los trabajos que han abordado las repercusiones de las actuaciones culturales desde ópticas extremadamente variadas. Sin embargo, con frecuencia, estos estudios se han concentrado en aspectos como los impactos urbanísticos, económicos, turísticos, sociales, culturales o políticos. La imagen que los eventos culturales generan en la ciudad prácticamente sólo se han estudiado desde un punto de vista de imagen turística. Los otros posibles efectos generados han tendido a pasar desapercibidos.

Esta situación ha generado cierta proliferación de actuaciones culturales que únicamente plantean repercusiones tangibles. Sin embargo, los impactos de las políticas culturales pueden ir más allá y beneficiar la imagen de ciudad. La superación de las violencias urbanas, el rechazo a las diferencias o la falta de expectativas no se pueden combatir únicamente mediante declaraciones o campañas públicas. Es necesario que se produzcan en la vida cotidiana de los ciudadanos acciones encaminadas a desarrollar una identidad urbana. En este sentido, las políticas culturales dirigidas hacia los propios habitantes pueden ser un instrumento perfecto para implementar, de manera coordinada con otras iniciativas, un cambio en la imagen de las ciudades. Paralelamente, la actuación sobre la imagen de los no residentes a través de las instituciones culturales, aunque más complejas, también suponen, en caso de éxito, una ventaja importante para el territorio que la emprende, ya que como hemos apuntado anteriormente, el factor imagen tiene un peso importante en aspectos relacionados con el atractivo que la ciudad ejerce hacia determinados sectores (turístico, económico o residencial, entre otros).

A pesar de sus potencialidades la creación y gestión de una determinada imagen de ciudad está sujeta a un difícil equilibrio entre las actuaciones de una serie de agentes independientes, generalmente sin coordinación. Es por ello que los actores culturales y los gestores de las ciudades deberían plantearse la posibilidad de unificar esfuerzos, de forma coordinada, para federar las iniciativas de diversos ámbitos (económico, social, deportivo o político) dentro de una estrategia de promoción conjunta para crear imágenes mucho más potentes que las actuales simples ofertas individuales.

El papel de las actuaciones culturales como elemento de promoción de las ciudades

Gradualmente, las instituciones culturales han adquirido un papel cada vez más importante dentro del marketing de las ciudades. De hecho, podemos considerar que hasta cierto punto la posición estratégica de una ciudad, entendida como un todo, depende de su oferta cultural. La afirmación es especialmente válida para las ciudades que ofrecen, o aspiran a ofrecer, una economía de servicios avanzados. Así lo demuestran, a modo de ejemplo, las estrategias que proponen un buen número de planes estratégicos de ciudades, que incluyen la cultura como un apartado fundamental de su actuación.

Recurrir a las políticas culturales se tiende a considerar como imprescindible para atraer y mantener un cierto tipo de habitantes, visitantes y actividades, así como para la propia imagen de la ciudad. Las políticas culturales entran así en una lógica casi comercial de seducción, convirtiéndose en un elemento clave para la propia definición del modelo de ciudad y participando de una competición global para atraer inversiones, visitantes o población y para aumentar el sentimiento de pertinencia de los propios residentes. Ya no basta únicamente con disponer de un producto cultural de calidad para el tradicional objetivo de “situar una ciudad en el mapa”. La calidad es imprescindible, pero debe ir acompañada de la formulación de una estrategia amplia que incluya aspectos sociales, culturales y económicos. Se crea así una imagen que da valor a la ciudad y que puede ayudarla a reforzar su posicionamiento global.

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